
El
Teatro Colón se enlaza entre las grandes construcciones cosmopolitas
realizadas durante la transformación de la ciudad en gran Capital Federal.
En la década del '80, ya se conocen los primeros tramos
de la Avenida de Mayo, el edificio de Obras Sanitarias, las reformas portuarias,
el Jardín Zoológico y el Palacio del Congreso.
Le falta a Buenos Aires el gran teatro de ópera de nivel internacional
y la aristocracia porteña no duda en levantarlo.
Angelo Ferrari, empresario italiano, despliega los planos debidos al arquitecto
Francesco Tamburini, para convertirse en el encargado de la obra.
La piedra fundamental es colocada el 25 de mayo de 1890. Poco después,
la obra es sorprendida por el fallecimiento de Tamburini. Su socio, Víctor
Meano, presentará entonces nuevos planos, quitando al anterior diseño
todas las curvas, cúpulas combas y estatuas de inspiración francesa,
devolviéndole al edificio la severidad de su línea italiana
predominante.
Diversas desgracias interrumpen la tarea iniciada. El empresario Ferrari muere
y su sucesión va a la quiebra; y a mediados de 1904, Meano es curiosamente
asesinado por un mucamo. La finalización de la obra queda en manos
de un arquitecto belga, Julio Dormal.
Han transcurrido casi veinte años de iniciado el proyecto, y paradójicamente,
la esperada inauguración será organizada de un modo ansioso
y apresurado.
Pero al fin, el 25 de mayo de 1908, una de las mayores salas del mundo luce
su impecable acústica, en medio de colosales decorados faraónicos
e interminables vestimentas orientales. La ópera Aída brinda
la escena inaugural. Buenos Aires ve el arte fluir y se pone de pie, para
recibir a un Teatro Colón reluciente.


Vista de la Escalera
Marquesina
Libertad 


Fachada